Ordinal y literal

“Alphabet” no es el primer encuentro de estos dos artistas multidisciplinares. Alva Noto (fundamentalmente músico) y Anne-James Chaton (fundamentalmente poeta) han coincidido en varias ocasiones desde la publicación del álbum “Univrs” en 2011. La voz hierática de Chaton, recitando en francés con la frialdad de un sistema operativo, encaja a la perfección en la brillante oscuridad digital de Carsten Nicolai y su predisposición a las colaboraciones (desde Blixa Bargeld a Ryuichi Sakamoto, pasando por Byetone).

Tomando como pretexto “Las Etimologías” de San Isidoro de Sevilla (una obra de época visigoda -nada más y nada menos- que propone los juegos etimológicos a partir de las palabras como forma de aprendizaje) ambos creadores han ideado una tabla periódica musical, cantada como un mantra hipnótico vacío de emociones, como un estudiante castigado a repetir y memorizar una lista interminable de factores variables.

Para Chaton y Alva Noto el contraste entre lo orgánico y lo sintético es un tema recurrente. En “Alphabet», la voz humana es sometida a un proceso de despersonalización que deshace su visión subjetiva del mundo, en favor de una objetividad completa. Podrían haber usado voces genuinamente sintéticas, o valerse de vocoders para deshumanizarlas todavía más, pero eso habría desviado el foco de atención. Si la lengua francesa cantada siempre nos resulta sugerente, aquí es relegada a la función de un simple soporte técnico, despojada de su sensualidad de una manera perversa.

Más allá de la fascinación kraftwerkiana por un futuro donde los humanos derivan en robots, “Alphabet” explora los contenidos de esa transformación, ahondando en la materia del símbolo. Su lírica está en el concepto abstracto de la palabra, tanto como en el código binario que la representa. Las enumeraciones de Chaton son poéticamente desapasionadas, como las conjugaciones de los tiempos verbales, las declinaciones en latín, las tablas de multiplicar, las referencias de los coches patrulla en la radio de la Policía, o las jugadas de ajedrez. Su belleza reside en su falta de humanidad.

En lugar de interpretar “Alphabet” como una inteligencia artificial fascinada al escucharse a sí misma articulando sílabas por primera vez, quizás deberíamos imaginarnos a un explorador alienígena entrenándose para una misión de reconocimiento en Quebec, recitando en voz alta fórmulas para interactuar con los lugareños sin levantar sospechas.