Portada del álbum "Magdalene" de FKA twigs.

La dura caricia

Sentimos debilidad por los artistas incatalogables, esos que forman universos propios, con sus propias estrellas, que nos alumbran en la oscuridad del espacio desconocido al que nos conducen.

FKA twigs pertenece a esta estirpe de rara avis. Una ilusión tan hermosa, tan extraordinaria y controvertida que no sabemos qué hacer con ella. Cuando en 2014 irrumpió en la escena internacional con su primer álbum, “LP1”, nos dejó tan deslumbrados que decidimos interpretar nuestro entusiasmo como una percepción sobrevalorada. ¿Cómo pronunciarse ante algo tan sofisticado, pretencioso e insostenible?

Cinco años después de aquello, “Magdalene” no pincha la burbuja en absoluto, al contrario, la amplía, la emperifolla y la afianza. Como muchas otras grandes obras, esta música es fruto del dolor. “El proceso de crear este álbum me ha permitido por primera vez, y de la manera más real, encontrar compasión cuando me encontraba en mi momento más ingrato, confuso y fracturado”.

La violenta belleza de este disco es insoportable. “Magdalene” es un castillo plagado de cámaras y pasadizos, un misterio interminable, imposible de resolver. Da igual las veces que lo escuches, cada vez aparecen estancias nuevas, torres nuevas, explanadas escondidas, jardines y más jardines, hasta dejarte sin aliento. .

En “Magadalene” la música es aglutinada por la voz, y no al revés. La exuberancia de matices vocales, de un colorido inabarcable, cose y aprieta las incontables capas de preciosos arreglos, sobre el lienzo blanco de la melodía que le da soporte. El resultado es una filigrana dramática, donde conviven Bella y Bestia, sin sensación de conflicto. Hechas un ovillo, la ternura y la virtud duermen acostadas con el miedo y el espanto. Hermosos narcisos florecen, crecen como árboles, para volverse a mirar al suelo y relamerse sus estambres de plantas carnívoras.