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Carta abierta a Ernesto Castro, autor de «El Trap. Filosofía millennial para la crisis en España» Ed. Errata Naturae.

Querido Ernesto,

Vaya por delante que no me gusta el trap. No me gustaba antes de que cayera en mis manos tu libro y sigue sin gustarme ahora, pese a mis ímprobos (o eso considero yo) esfuerzos por abrazarlo, los tímpanos al asunto en Spotify mientras avanzaba en la lectura. Pero el caso es que, nada más ver la portada y leer el título, me sentí en deuda. Con el trap. Y conmigo, venga, vale. La vida pasa, nos vamos haciendo viejos (decía Pablo Milanés, al que en mi adolescencia llamábamos cariñosamente Pablo Amuermamé) y de repente un buen día una se siente desahuciada. Exilada de la órbita de la vida. Sin saber de qué va el asunto. Así que igual, si entiendo qué es el trap, resucito. O recupero el buen color al menos.

Ya el prólogo me resultó supersexi, porque me llenó de confusión y, donde hay confusión, hay alegría: “La mayoría de los músicos españoles que parece hacer trap (¿C Tangana?, ¿Bad Gyal?, ¿Rosalía?, ¿Pimp Flaco?) en verdad no hace trap sino algo vagamente denominado ‘música urbana’”. Al pasar la página, el regocijo se me vino aún más arriba con lo que parecía ser una declaración de intenciones inversa: “Lamentablemente, a esto ha quedado reducida buena parte de la prensa musical de este país: a un ‘name dropping’ endogámico en el que es más importante conocer el nombre del hermano del primo del manager del grupo de moda que tener una tesis o hipótesis que defender acerca de la música de la que se habla”. Bien. Eso significa que tú no piensas hacer lo mismo. Nada de ‘name dropping’, nada de genealogías en plan ‘Mabinogion’ (ya sabes: “Kreiddylat, hija de Lludd Llaw Ereint, esposa de Gwythyr, hijo de Gridiawl…“).

Y es entonces cuando metes espuelas a tu tesis, la que alimenta las siguientes 400 páginas del libro editado por Errata Naturae: “El trap ha sido la banda sonora de la crisis en España (una crisis que ha sido principalmente económica, pero también social, cultural y generacional (…). El trap ha sido la TVE de los jóvenes empobrecidos y precarizados a finales de 2010”. Después de esto, ¿cómo no te voy a querer? No por la tesis en concreto, que a estas alturas del libro sólo te ha dado tiempo de enunciarla, sino porque me produce ternura que vayas a meter tus garritas filosóficas en un barro donde prácticamente nadie había visto antes más que… barro (aunque sea un barro estupendo, ¿eh? Esto es como cuando Rosalía se asombraba del ‘sobreanálisis’ que le hizo de ‘El mal querer’ el youtuber Jaime Altozano. El que observa suele ver mucho más en la creación que el propio creador). Y entonces llego a las líneas donde explicas que has reconstruido la trayectoria musical de C. Tangana “partiendo de un esquema teológico: el de la historia de las religiones” y ahí ya solo me queda una cosa por hacer:

Ernesto Castro, ¿te quieres casar conmigo?

¡Y solo vamos por la página 16.!

No me gusta el trap, como no me gusta la rumba ni el jazz, pero me encanta el libro que has escrito sobre el trap, vivificante como un peeling japonés. Por tu exuberante pluma y tu exhibicionismo erudito, tan dolorosamente escaso. Y también por lo en serio que pareces tomártelo todo, y las herramientas que me das para atender a algo más allá de cómo rime “tu coño es mi droga, tengo baking soda / Vamo’ a cocinar to’ eso mama, vamo’ a hacer dollar / Me tiene jukiao como pajarico / Me tiene engancha’o como paco pico…” (‘Tu Coño Es Mi Droga’, PXXR GVNG).

Desde lo escurridiza que al parecer resulta la descripción de los límites del estilo, hasta el concepto de dignidad en C. Tangana, el libro avanza por la senda trapera con ese estilo tan típicamente yanqui de hacer divulgación gozosa de hasta el tema más ladrillo: una tesis por aquí, una digresión culta por allá, una anécdota para rebajar la tensión, un diálogo, una nota al pie sesuda… sale Barthes y sale Broncano, vamos. A veces, eso sí, te pones un poco presumidín, como cuando escribes que en tus clases de Historia del Arte has acuñado el concepto de “ley de la obsolescencia artística” según la cual “los productos artesanales, tecnológicos o de entretenimiento se convierten en artísticos en el momento en que devienen obsoletos”. A estas alturas, lo que tú digas, Ernesto.

Toneladas de documentación salen por los poros del volumen, a veces, reconócelo, en plan gota fría, en una sucesión de eventos narrativos que te llevan de un lado a otro de la historia y el tiempo, de los géneros o de las disciplinas académicas. Como cuando estás hablando de Nathy Peluso y de repente aparece Britney Spears en boca de alguien y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, nos dices que “yo quisiera romper una lanza a favor de Britney Spears, ya que fue justamente lo prefabricada que estaba su imagen lo que volvió tan elocuente y revelador acerca del mundo en que vivimos el momento en que se derrumbó a base de raparse el pelo al cero, liarse a paraguazos con un periodista y provocar uno de los primeros memes de la web 2.0 (Leave Britney Alone)» . Postrap, vaporwave, flamencamp, retrofolk, fusiones, secesiones, apropiacionismos, pero también la Duquesa de Alba, el piernicidio de Jiménez Losantos, la memoria histórica, el feminismo, los arquetipos, la política y todos los nombres, claro, todos los actores importantes de esta historia, desde Cecilio G a Yung Beef, lo que dijeron en las entrevistas que dieron, las letras que escribieron y las broncas que los separaron.

Y llegas al final del libro y me sales con que “yo ya he reconocido que no me he drogado ni he follado escuchando trap. Un lector poco caritativo podría llegar a la conclusión de que escucho trap justamente porque ni me drogo ni follo y busco una compensación o una evasión de mi gris existencia. Yo, por supuesto, no comparto este tipo de teorías psicoanalíticas, porque, como se ha visto a lo largo de este outro soy más lacaniano que freudiano”. Te gustas. Está claro.

Pero a mí también. Así que no hay nada más que hablar.

María Marble.