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Artista: The Ebertbrothers
Album: Engine Eyes EP
Label: Mindwaves-Music

Fruición

Conoces esa sensación, evidentemente. Aunque hayas pasado por ahí millones de veces, quizás no recuerdes que en esa esquina hay un cajero automático; sin embargo, sabes con exactitud donde se encuentran las mejores pastelerías de la ciudad. Antes de verlas, antes de olerlas, el piloto automático de tu cerebro se desconecta de pronto para anunciarte con una luz roja que están ahí. Reconoces sus escaparates fascinantes, llenos de joyas comestibles, diseñadas para el placer y la perdición. Vitrinas del tesoro de la corona, con gemas de frutas engarzadas en dulce dorado, vitrificado en suave gelatina, en mousse esponjosa, en caramelo crujiente. Reluciente como la miel fluida, o mate como el polvo de cacao, su poder de seducción es una tela de araña pegajosa de la que no se puede escapar.

Hay algo burdo en esos festivales para los sentidos. Su olor grueso y viscoso es a los humanos el reclamo del néctar a los insectos. Hay algo obsceno en atraparnos de esa manera, en hechizarnos como a Hansel y Gretel, activando algo básico y primitivo de nuestro instinto primordial. Las chicas lo saben mejor, porque visualizan la trampa como un fantasma hipercalórico, como un demonio que nos tentase ofreciéndonos lo que más deseamos a cambio de nuestra alma. Y cuanto más sofisticado es el postre, peor. Cuando más refinada la fórmula del gin-tonic en la modernas coctelerías, cuanto más complejas y sorprendentes las recetas de los restaurantes de autor, cuanto más se apele a la inteligencia para agarrarnos por los huevos en la conquista de la naturaleza salvaje de nuestras papilas gustativas.

Los pasteleros saben que no tenemos defensa ante una gratificación. Siempre buscamos una recompensa, aunque no la merezcamos. El perro que habita dentro de nosotros siempre está listo para paladear las golosinas del presente, sin importarle el mañana. Con los ojos cerrados, nos dejaremos llevar en dirección a la glucosa del deleite pleno. Salivamos ante sólo la posibilidad de ello. El incentivo de la tentación es el cebo perfecto, el anzuelo que clavaremos voluntaria e inconscientemente en nuestros maxilares. Por extensión, en cualquier aspecto de la vida, si alguien desea cazarnos, sólo tendrá que ofrecernos algo deliciosamente irresistible y el apetito de nuestra voluptuosidad nos arrojará al fuego.

Engine Eyes es complejo y exquisito, pero no pone a prueba la inteligencia humana con el fin oculto de alimentar el perro interior. Es extraño agradar sin pretender gustar, sin intencionalidad. Decididamente, The Ebertbrothers se han decantado por deleitarnos sin resultar complacientes. En su segundo lanzamiento, presentan 4 nuevos temas y 3 remixes de su anterior álbum, a cargo de Lackluster, Badun y Karsten Pflum. Una muestra de hedonismo brillante y desinteresado, sin trampa ni cartón. Nada empalagoso, ni presumido, ni embaucador. Tal vez nunca lo oirás en un teaser comercial de una firma de moda, o en un anuncio de Häagen Dazs, aunque tal vez acabe decorando la atmósfera snob de una fiesta chic en una galería de arte, mientras los invitados beben vino blanco en copas tan finas que se romperían al brindar.

www.ebertbrothers.com

Artista: The Ebertbrothers
Album: Susten Pass
Label: Mindwaves Music

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A veces, es complicado meterse entre pecho y espalda una obra puramente electrónica, que ha sido diseñada para ser disfrutada junto a las imágenes para las que ha sido creada. Y el dúo Axel y Michael Ebert son especialistas en este tipo de piezas: música preconcebida para performances visuales. A pesar de no haber disfrutado de las imágenes que acompañan al disco, podemos movernos libremente por ella y diseccionarla en cuantos trozos queramos.

Estos hermanos llevan trabajando juntos varios años desde la todopoderosa escena berlinesa y parece que con Susten Pass por fin han dado en el clavo. Nos ofrecen un recorrido por espacios microscópicos y escapistas con momentos luminosos que conviven fácilmente con la oscuridad más opaca. Es una obra que no pretende ser amable ni complaciente, pero hay algo escondido en ella que resulta embriagador.

Es electrónica fina, con cierto poso vintage, pero en absoluto anticuado. Los Ebert quieren que demos un paseo con ellos, posiblemente por las calles más pintarrajeadas de la capital alemana, hasta que se nos haga de noche y acabemos deambulando por varios bares de copas con sillones desvencijados e impecable sonido. ¿Terminaremos en un club? Probablemente no. Mejor visitamos uno de esos talleres que huelen a epoxi, de un artista amigo común que nos presentará su última creación mientras abre unas cervezas.

www.ebertbrothers.com