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Cálido oxígeno efervescente 

Agua sobre agua, dulce sobre salada, cae la lluvia en el mar. Como puntadas de aguja, gotas perforan la superficie ondulada que se balancea. Ondas concéntricas que se abren, se expanden y se disuelven en el ruido blanco. Al horizonte sinuoso del atardecer, sales a respirar.

Henchido de aire, sumerges la cabeza y te zambulles al fondo lentamente. Pausado aleteas las palmas en un banco de burbujas que hierven, ansiosas por alcanzar la luz. Desciendes a cuarenta y cinco grados de inclinación, rozando la pradera de posidonia. Como lenguas plumosas, sus hojas te lamen el vientre. Fluyes suavemente donde los hipocampos danzan abrazados.

Rayos de luna azul marino palpan el fondo arenoso en busca de pecios fenicios. Te azuza el olor rosado de sangre de almadraba. Aquí los náufragos ancestrales gritaban por todas partes, precipitándose en el abismo, como monedas en el pozo de los deseos. Frutos de la tierra sumergidos, girando brazos en cruz, al filo del talud continental. En ruta del Ártico al Antártico, las jorobadas cantan y se ponen al día de sus cosas. Sientes pulsar en las sienes un sónar de prospecciones, sobre el roce basáltico de las placas tectónicas, que se frotan las manos para entrar en calor.

Desciendes sumido en lo oscuro por una eternidad, hasta dar con las chimeneas de fuego opaco, Hogar de bacterias que comen azufre en el vapor sulfuroso de las fumarolas. Colonias de cangrejos ciegos y mejillones blancos te trepan por las piernas y los brazos, sobre las yemas de tus dedos arrugadas. Te cubren, te calcifican poco a poco y te transformas en rift sin chistar.