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Artista: Sofus Forsberg
Album: FM VOLTA
Label: Mindwaves-Music

Música fractal

El tiempo es la sustancia más resbaladiza. Cualquier otra cosa puede ser dejada caer con cuidado en una mesa de laboratorio para estudiar su comportamiento, salvo el tiempo, que no se deja estirar ni contraer. No podemos trocearlo ni darle la vuelta. Todos tenemos claro que nuestros recuerdos pertenecen al pasado y que solo podemos prever suposiciones del futuro. El tiempo transcurre unidireccionalmente, siempre hacia delante, y aún no sabemos por qué. Lo único que podemos hacer es ilustrarlo, con sonidos, con imágenes, con sensaciones que encadenen una secuencia y luego, si lo deseamos, acelerarla, ralentizarla, o lo que nos apetezca. Podemos incluso rebobinarla marcha atrás.

Partiendo de esa obviedad en su naturaleza, Forsberg investiga los patrones matemáticos de la repetición y la tridimensionalidad en el plano continuo del tiempo. Entendemos el ritmo como la repetición monótona de pulsaciones, un latido o una vibración, y consideramos arrítmicas las estructuras más complejas. Sin embargo, las secuencias aparentemente caóticas y aleatorias pueden encerrar una arquitectura insospechadamente simple. No nos engañemos. Forsberg no hace jazz. Su música ha dado el salto de la aritmética al álgebra, para ramificarse en parábolas, como las semillas en la flor de un girasol.

Podemos pensar en partículas en desplazamiento. Podemos imaginar una duna de arena desmoronándose por un costado, ráfagas de viento golpeando una contraventana, o gotas de lluvia cayendo sobre la mesa del jardín. Podemos observar las abejas planeando sobre las flores cimbreantes. Podemos visualizar las sinapsis de nuestras neuronas, en oleadas mentales, como un aplauso que se extiende por una gran sala abarrotada de gente satisfecha.

www.soundcloud.com/sofus

Artista: The Ebertbrothers
Album: Engine Eyes EP
Label: Mindwaves-Music

Fruición

Conoces esa sensación, evidentemente. Aunque hayas pasado por ahí millones de veces, quizás no recuerdes que en esa esquina hay un cajero automático; sin embargo, sabes con exactitud donde se encuentran las mejores pastelerías de la ciudad. Antes de verlas, antes de olerlas, el piloto automático de tu cerebro se desconecta de pronto para anunciarte con una luz roja que están ahí. Reconoces sus escaparates fascinantes, llenos de joyas comestibles, diseñadas para el placer y la perdición. Vitrinas del tesoro de la corona, con gemas de frutas engarzadas en dulce dorado, vitrificado en suave gelatina, en mousse esponjosa, en caramelo crujiente. Reluciente como la miel fluida, o mate como el polvo de cacao, su poder de seducción es una tela de araña pegajosa de la que no se puede escapar.

Hay algo burdo en esos festivales para los sentidos. Su olor grueso y viscoso es a los humanos el reclamo del néctar a los insectos. Hay algo obsceno en atraparnos de esa manera, en hechizarnos como a Hansel y Gretel, activando algo básico y primitivo de nuestro instinto primordial. Las chicas lo saben mejor, porque visualizan la trampa como un fantasma hipercalórico, como un demonio que nos tentase ofreciéndonos lo que más deseamos a cambio de nuestra alma. Y cuanto más sofisticado es el postre, peor. Cuando más refinada la fórmula del gin-tonic en la modernas coctelerías, cuanto más complejas y sorprendentes las recetas de los restaurantes de autor, cuanto más se apele a la inteligencia para agarrarnos por los huevos en la conquista de la naturaleza salvaje de nuestras papilas gustativas.

Los pasteleros saben que no tenemos defensa ante una gratificación. Siempre buscamos una recompensa, aunque no la merezcamos. El perro que habita dentro de nosotros siempre está listo para paladear las golosinas del presente, sin importarle el mañana. Con los ojos cerrados, nos dejaremos llevar en dirección a la glucosa del deleite pleno. Salivamos ante sólo la posibilidad de ello. El incentivo de la tentación es el cebo perfecto, el anzuelo que clavaremos voluntaria e inconscientemente en nuestros maxilares. Por extensión, en cualquier aspecto de la vida, si alguien desea cazarnos, sólo tendrá que ofrecernos algo deliciosamente irresistible y el apetito de nuestra voluptuosidad nos arrojará al fuego.

Engine Eyes es complejo y exquisito, pero no pone a prueba la inteligencia humana con el fin oculto de alimentar el perro interior. Es extraño agradar sin pretender gustar, sin intencionalidad. Decididamente, The Ebertbrothers se han decantado por deleitarnos sin resultar complacientes. En su segundo lanzamiento, presentan 4 nuevos temas y 3 remixes de su anterior álbum, a cargo de Lackluster, Badun y Karsten Pflum. Una muestra de hedonismo brillante y desinteresado, sin trampa ni cartón. Nada empalagoso, ni presumido, ni embaucador. Tal vez nunca lo oirás en un teaser comercial de una firma de moda, o en un anuncio de Häagen Dazs, aunque tal vez acabe decorando la atmósfera snob de una fiesta chic en una galería de arte, mientras los invitados beben vino blanco en copas tan finas que se romperían al brindar.

www.ebertbrothers.com