“Creo que puedo crear emociones que los humanos no han sentido nunca antes a través de mi trabajo creativo con robots androides”

Hace un par de años tuve la inmensa suerte de ver un raro espectáculo en Matadero Madrid, ‘THE END’, que se vendía como “la primera ópera vocaloid”. Y en efecto, la ópera en cuestión estaba protagonizada por un personaje de dibujo animado creado digitalmente, la ídolo de masas Hatsune Miku, cuya alma es un software de voz desarrollado por la firma Crypton Future Media. El espectáculo, con una puesta en escena a base de pantallas superpuestas y cubriendo todos los planos de la escena, era una reflexión sobre la muerte desde la perspectiva de un ser creado por la tecnología. Insólito, bello y muy perturbador, todavía es posible encontrarlo en YouTube (lo recomiendo encarecidamente). Hablamos con su creador, el músico y compositor Keiichiro Shibuya, un hombre que nunca parece mirar atrás, así que ya navega otros mares futuristas: en concreto, óperas dirigidas por androides.

Quedé absolutamente anonadada con ‘The End’. ¿No existe posibilidad de continuación?

No

Una pena. Después de ese espectáculo, tu energía creativa se ha focalizado en varios proyectos que tienen en común el uso de androides. ¿Qué te llevó hasta ahí?

La Vocaloid Opera ‘THE END’ y la Android Opera ‘Scary Beauty’ tienen una cosa en común: ambas usan la ópera como formato. La ópera es una forma artística típica de Occidente y que es antropocéntrica, con grandes cantantes, directores e intérpretes que celebran mediante el canto el amor y la muerte de la gente. Si yo fuera a hacer eso a la japonesa, preferiría desplazar el punto de vista, apartarlo del ser humano, dejar un hueco en el núcleo. El centro de la ópera en ‘THE END’ es Hatsune Miku, un conjunto de música y visuales creados por ordenador. Por su parte, ‘Scary Beauty’ es una ópera donde tenemos a un androide con inteligencia artificial que actúa como cantante y director de orquesta. Y es una orquesta formada por seres humanos la que tiene que seguirle –lo que expone las relaciones entre las personas y la tecnología en la sociedad–. Creo que la crítica al enfoque humanocéntrico está más clara en ‘Scary Beauty’ que en ‘THE END’.

Es difícil, desde el punto de vista del espectador, confiar en la autonomía del androide. Para todos aquellos que no somos expertos en la materia: ¿cuánto de verdad hay en un androide que dirige una orquesta?

Un androide tiene múltiples programas funcionando al mismo tiempo cuando está dirigiendo una orquesta. Uno de los principales es ‘ALIFE engine’, creado por un profesor de ALIFE de la Universidad de Tokio [Takashi Ikegami, que ha colaborado con Keiichiro durante 15 años] que proporciona autonomía de movimiento al androide. Otro importante es el programa que permite al androide rastrear la música. Pero es este quien determina por sí mismo en qué proporción usar ambos programas.

¿Cómo se trabaja con un robot? ¿Qué significa para un creador?

En esto se basa lo que podemos hacer con los androides: hay algunas cosas que los humanos directamente no podemos hacer. Y otras que sí, otras que requieren más tiempo y esfuerzo. Se avance por un camino o por el otro, los trabajos salidos de la colaboración de humanos y tecnología configuran un nuevo tipo de experiencia emocional. Creo que puedo crear emociones que los humanos nunca han sentido antes a través de mi trabajo creativo con robots androides.

En agosto estrenarás Super Angels, una ópera con niños y un androide. ¿De qué va esto?

Androides y niños es una combinación improbable para una ópera normal. Esta trata de ser una ópera contemporánea que se extiende sobre el formato común de cantantes y orquesta.

Y, más allá, ¿qué otros proyectos tienes en mente?

Uno titulado ‘Heavy Requiem’, que es una colaboración con un monje cantante budista japonés. Lo estrené el año pasado en Ars Electronica y el año que viene me gustaría hacer un tour internacional con él.

¿Estás solo en esta tendencia de investigación? ¿Qué cosas interesantes están sucediendo que impliquen creación y robótica, IA…?

Yo únicamente estoy concentrado en lo que hago, no se me ocurre nada específico que destacar.

Lo confieso, estoy absolutamente enamorada de Japón. Y volveré en cuanto pueda. ¿Qué no debería perderme bajo ninguna circunstancia?

Asumo que no hay una gran diferencia entre las de Japón y otros países, especialmente tras el coronavirus.

Cuestión inevitable: ¿cómo ha afectado a ti y a tus proyectos la crisis del coronavirus?

Como en todas partes, casi todos los espectáculos se han pospuesto al año que viene. Sin embargo, este periodo en casa me ha hecho focalizarme tanto en producir, que ha sido bueno para mí. Tanto, que nunca querría volver a como estaba antes del coronavirus.

En cualquier caso, te agradecería alguna pista para seducir la inteligencia de un hombre japonés. ¿O sería mejor que lo intentara con un androide?

Los hombres japoneses son en general muy indecisos, por lo que creo que sería mejor para ti que tomes tú todas las decisiones. Pese a todo, sería más fácil seducir a un humano que a un androide [risas].

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

Uno de los problemas actuales de la música electrónica es que ya no se distingue de la demás”

Es uno de los últimos periodistas musicales que le quedan a un país, este, donde muchos de los que se hacen llamar así se limitan a volcar las notas de prensa que les llegan cada día, la crítica es un género desaparecido y la entrevista, un trámite soporífero. Ha escrito en medios como la extinta Rockdelux o La Luna de Metrópoli, y es autor de nuestra biblia del género, ‘Loops, una historia de la música electrónica’ (Mondadori). Javier Blánquez tiene tanto que decir que esta entrevista, donde hablamos de Prince, de Underworld, de Joy Division, de Burial y hasta de Taylor Swift, se nos ha ido un poco de las manos. Pero una sobredosis al año no hace daño, ¿no?

Perdón que empiece poniéndome nostálgica y hablando de mí misma (no puedo con mi egolatría), pero es que para mí tú has sido dios en materia de periodismo especializado en música electrónica. Leía La Luna de Metrópoli sólo por tus críticas de discos. Qué tiempos, ¿no?

Buenos tiempos, en efecto, y que lamentablemente ya no volverán, así que habrá que quedarse con lo más grato que nos deje el recuerdo. Básicamente, que hubo una época en la que en los periódicos de mayor tirada había un pequeño espacio en el que se podía hablar de música que no encajaba en el molde comercial, y que aquellos suplementos ayudaban a la gente a descubrir música que no sonaba por la radio, o que no encontrarías en las páginas de cultura del mismo periódico. Pero ya fuera porque se perdió el interés colectivo por lo distinto -cosa que no creo, sigue habiendo curiosidad- o porque internet modificó nuestros hábitos de consumo, búsqueda y recepción de recomendaciones, poco a poco esos espacios empezaron a languidecer. Y ya no volverán.

Han pasado 10 años por lo menos desde entonces y de repente (que no sería tan de repente) cierra Rockdelux, que era uno de los medios donde escribiste durante mucho tiempo y donde decías, daba la impresión, exactamente lo que te daba la gana. ¿Cómo te sentó la noticia?

Mal, porque fue la primera revista en la que publiqué, cuando yo aún no tenía ni idea de nada, y si no hubiera tenido aquella primera oportunidad ahora estaría en otro sitio, y no estoy seguro de que fuera un lugar mejor. Pero más allá de eso, que es una cuestión meramente personal y sentimental, el cierre de Rockdelux sienta mal porque para mí era el último bastión de una manera ‘old school’ de hacer las cosas: con jerarquía y contexto, con un criterio que determinaba esa jerarquía y una manera de mostrar la actualidad. Entrevisté a Santi Carrillo en noviembre y él era consciente de que una revista como Rockdelux, tal como estaba planteada, no podía durar mucho. Pero el simple hecho de que existiera ya era importante: era un recordatorio de cómo eran las cosas antes, de que había cosas que no deberíamos perder, aunque supiéramos que era una batalla perdida.

Una de las cosas que se han perdido en este tiempo es la crítica. Convertido el público en crítico, ¿qué espacio le queda al periodista musical?

Supongo que muy poco, al menos al periodismo musical tal como se ha entendido en los últimos años: la crítica es un formato en coma, la entrevista se hace tediosa porque hay muy poca gente con ganas de decir cosas de verdad, y en las revistas online la tendencia es más a sostener una media estable de usuarios únicos -lo que lleva a seleccionar temas por su morbo y su fácil consumo, que por su profundidad-, y eso hace difícil desarrollar un trabajo crítico sostenido en el tiempo. Queda el articulismo y el reportaje en profundidad, pero con las tarifas que se manejan es difícil que alguien quiera dedicarse a eso, a menos que sea metiéndole pasión y ganas, que es algo que dura poco tiempo. Yo me dedico ahora más a la docencia, y es un espacio interesante porque está claro la mayoría de la gente joven desconoce muchas cosas, y está abierta a conocer, pero demanda algo que vaya más allá del texto escrito, así que supongo que el periodismo tendrá que derivar hacia las pantallas y el audio: podcasts y YouTube. A mí me pilla ya muy viejo y no sé mirar a la cámara, pero si tuviera que hacer algo ahora, sería un canal de difusión histórica en internet.

Tampoco parece que tengas grandes expectativas respecto a la música electrónica. ¿No será que lo que está sucediendo interesante de verdad no lo llegamos a conocer, dada la gigantesca oferta musical de hoy?

Uno de los problemas actuales de la música electrónica es que ya no se distingue de la demás. El pop, el hip hop y la música latina urbana han conquistado unos medios de producción que ya no tienen nada de distintivo, ni tampoco dan pie a día de hoy a crear un marco sonoro revolucionario. Eso no significa que no se estén haciendo cosas interesantes, pero es cada vez más difícil encontrarlas: el volumen de producción es imposible de manejar, y antes de llegar al underground donde están las cosas interesantes hay que desbrozar antes casi todo el pop, casi todo el trap, casi todo el reguetón. No es que no tenga expectativas, porque hay cosas en las que merece la pena creer -el trabajo con inteligencia artificial de Holly Herndon abre un marco teórico y práctico nuevo, con resultados muy sólidos, por ejemplo-, y hay movimientos muy interesantes en el marco del techno o el ambient, pero a la vez hay mucha «technostalgia» y separar el grano de la paja implica más horas de búsqueda, afinar el criterio, y todo ello sin que quede muy claro a qué lleva todo eso. Por eso, la actitud preferible terminará siendo la de abandonarse a la corriente, sumergirse tranquilamente en el caos, y escuchar «lo que Surgeon». El público del pop ya lo hace.

Has traducido un libro sobre Joy Division en el 40 aniversario de la muerte de Ian Curtis, ‘Una luz abrasadora, el sol y todo lo demás’, que publica en breve Reservoir Books. ¿Hay algo en el libro que haya sido, para ti, una revelación?

No diría tanto. La historia de Joy Division la conocía en lo esencial, y el libro tampoco contiene grandes novedades que vaya a sorprender a nadie o cambiar el sentido del relato. Lo que sí tiene, en mi opinión, y que supera a otras obras relacionadas con Joy Division -los libros de Deborah Curtis o Peter Hook, por ejemplo- es que tiene una voluntad clara de ser la obra definitiva y coral en la que todas las voces tengan un protagonismo parecido, de ser la exposición más rotunda y exhaustiva de la historia del grupo, de su época y sus circunstancias. Al fin y al cabo, el gran misterio que rodea a Joy Division no se puede resolver, porque tendría que hablar Ian Curtis. Y Curtis fue muy hermético en vida, y no dejó muchas pistas sobre su manera de pensar, sobre los secretos y las angustias que guardaba. El libro pone mucho orden en las cuestiones clave  –los motivos de su suicidio, cómo fueron sus últimos días, su estado anímico–, pero aún así sigue quedando una duda constante, que supongo que es la que hace que se mantenga la fascinación por el grupo a día de hoy.

Soy la primera persona que conozco que, pese a haberlo intentado (incluso tengo varios álbumes), no ha logrado nunca que le gustase Joy Division (ahora es cuando mis amigos me dejan de seguir en las redes sociales. Ah, no, que no tengo). ¿Es grave? ¿Qué me estoy perdiendo?

No creo que sea la persona más adecuada para responder a eso. A mí siempre me han gustado más New Order, y aunque me interesan también Joy Division, y tengo los discos y todo eso, tampoco puedo decir que pertenezca al núcleo duro de esa religión. Comprendo la fascinación que generan, esa mística alrededor de la oscuridad, el desafecto por la realidad, la muerte, la depresión, etcétera, pero tampoco es algo que encaje mucho con mi personalidad. Hay aspectos que sí me atraen, que en ciertos momentos me llenan por su solemnidad (el uso de los sintetizadores en ‘Atmosphere’ o en ‘Decades’, por ejemplo), y comparto el marco intelectual en el que se desarrolló Ian Curtis, sobre todo en el aspecto literario, pero no respondo con esa fuerza intensa con la que conecta otra gente. ¿Es grave? No, no es grave, lo grave sería que no te gustara nada.

También tradujiste recientemente un libro sobre Prince apasionante, en el sentido de que, tengo entendido, era el resultado de lo que empezó siendo un proyecto autobiográfico. ¿Cuál es el origen de ‘The Beautiful Ones’ y qué dificultades te supuso?

En cierto momento a mediados de la década pasada, Prince sintió la necesidad de poner orden a sus recuerdos. En el libro se explica que en cierto momento empezó a sentir de manera clara y peligrosa la presencia de la muerte a su alrededor: empezaron a fallecer amigos y colaboradores, y si se había sentido inmortal en algún momento, empezó a ver claro que algún día le tocaría a él. Así que empezó a darle vueltas a la idea de un libro sobre él, que con el paso del tiempo se convirtió en un proyecto de autobiografía que iba a desarrollar con un periodista desconocido en el mundillo musical, Dan Piepenbring, pero que a Prince le había caído bien. Empezaron a trabajar, Prince llegó a escribir de su puño y letra una serie de cuartillas con recuerdos, y luego, de manera inesperada, falleció. El libro en ese momento sólo era un proyecto y no tendría por qué haber seguido, pero de la misma manera que los albaceas de Prince han estado publicando material de archivo almacenado en Paisley Park –según se cuenta, para generar ingresos que permitan mantener su casa como un futuro museo en Minneapolis–, también pensaron en qué manera esos materiales podían transformarse en un libro. Al final, fue un rescate de las notas manuscritas de Prince, una serie de fotografías inéditas y de documentos escritos –el primer borrador del argumento de ‘Purple Rain’–, y el libro es una especie de relato de los últimos años de Prince y de cómo empezó su carrera musical. Como traducción no fue un proyecto complicado. Lo único difícil fue traducir del lenguaje Prince al español, porque para decir «I» (yo) él decía «Eye» (ojo), pero escrito como si fuera un texto egipcio en piedra. Y sus «To» eran un 2, y sus «For» un 4… Así que tuve que inventarme un código, como de escritura SMS, para simular cómo escribiría Prince en español si usara esas abreviaturas y trucos (y de ahí salieron palabras como con100cian, muchos Q en vez de «que» y recursos así). El ojo del yo se quedó en un «Yo» mayestático, en mayúscula. Cosas así. Creo que es legible, dentro de lo ilegible que es este Prince jeroglífico.

¿Fue Prince el último músico que supo cultivar adecuadamente su misterio? ¿Las redes sociales han impuesto una cercanía perjudicial para los músicos, que ya no logran ser tan fascinantes como antaño?

No sé si fue el último, porque Burial también proyectó un aura especial gracias precisamente a esa opacidad absoluta con respecto a su imagen y su nombre, y de esto hace diez años, y el impacto fue muy intenso. Pero por mucho que me guste ‘Untrue’, hay que admitir que la carrera de Burial no es tan larga ni tan torrencial como la de Prince. Prince nunca fue transparente, nadie lo sabe todo, y cuando más se sabe sobre sus opiniones o sus gustos, o su forma de vivir y trabajar, en vez de arrojar luz lo que se consigue es ahondar en el misterio, y eso es fascinante, esas sombras son necesarias para construir un mito. En ese sentido, también son muy interesantes los últimos años de David Bowie, y estoy seguro de que él se mantuvo lejos del foco de manera deliberada, pues incluso ante la muerte nunca olvidó que era un artista, y que el misterio ayuda al arte. El problema de las redes sociales, en mi opinión, no es que muestren a los músicos como más cercanos, sino como más frívolos, al menos en el pop mainstream. El problema no es conocer más, sino que lo que conocemos es en realidad algo sin mucho interés: lo que comen, los amigos famosos que tienen en el mundo de la moda, sus secretos para tener unas uñas de medio metro, su último chapuzón en una piscina, el último tatuaje que se han hecho. Eso luego tiene un impacto también en la música: te la tomas menos en serio.

¿Lo llegaste a conocer?

No, nunca coincidí con Prince. Si hubiera llegado a actuar en el Liceu de Barcelona, quizá se hubiera dado la oportunidad, pero decidió no hacer aquella gira de piano y micrófono, y ya no hubo opción.

¿Cuál ha sido la estrella internacional que más te ha hecho sufrir en una entrevista?

Supongo que Rihanna, porque nos hizo esperar más de ocho horas a un grupo de unos 50 periodistas internacionales convocados en Londres. En realidad no me hizo sufrir, cuando nos dijeron que se retrasaría «algunas horas» nos dieron la posibilidad de salir a dar una vuelta, así que me fui a Piccadilly, me compré un libro, y luego estuve leyendo en la sala de espera, bebiendo té. Al cabo de ocho horas, Rihanna apareció, me dieron turno en la segunda mesa redonda, acabé y me fui.

¿Y la más esquiva?

Seguramente Taylor Swift, porque la entrevista (además, por teléfono) ya estaba directamente condicionada por su discográfica y su equipo de prensa: era más larga la lista de temas prohibidos -no le preguntes por política, ni por sus novios, ni por esto y lo otro- que los temas permitidos, así que al final quedó una cosa muy sosa y no hubo manera de esquivar los obstáculos, que hay maneras de hacerlo, pero con ella no se pudo. Una vez entrevisté a Carla Bruni y la consigna era: «no le preguntes sobre Sarkozy». Pero conseguí dar un rodeo y le pregunté por Sarkozy, y me respondió muy bien.

¿Y la más seductora?

No sé si seductora es la palabra, pero una de las entrevistas más insólitas y glamourosas que recuerdo fue una con Enya en Dublín. No fue en su castillo, sino en una mansión del siglo XVIII convertida en hotel de lujo -con pista de equitación y campo de golf-; a ella le habían reservado un salón con chimenea, tapices, cortinas nobles, candelabros, y te hacían esperar allí sentado un par de minutos hasta que aparecía. Y bueno, Enya es como te la imaginas: una mujer etérea, élfica, y además muy amable. Tampoco es muy abierta, porque quiere mantener el secreto, pero tiene algo profundamente encantador.

¿En el confinamiento has escuchado más música que habitualmente o te has hecho más bien una cura de silencio?

He escuchado tanta música como siempre, o más. Mi cura de silencio ha sido a nivel informativo y de redes sociales: el segundo es un terreno empantanado que es mejor no pisar, y el primero he querido consumirlo con cuidado, porque ha habido más interés por desinformar que por informar, así que me he refugiado en los libros, las películas y los discos. He aprovechado para escuchar decenas de discos que tenía en casa y que no me había puesto antes, sobre todo mucha música clásica, y discos electrónicos que si no los escuché en su momento, me he dado cuenta, era por algo; tampoco me han aportado mucho. No he tenido interés ni en las novedades ni en los DJs caseros, ni tampoco por el aluvión de recomendaciones: tengo centenares de libros, discos y películas por consumir, así que, obligado por las circunstancias, me lo he montado como si fuera un año sabático forzado.

¿Qué les pasa a los músicos famosetes españoles, que en cuanto ganan un poco de pasta se hacen más inaccesibles que Greta Garbo en su jubilación? ¿Están sobreprotegidos por managers y discográficas o son directamente tontos de remate?

Hay de todo, pero entiendo por dónde vas. Para muchos artistas el objetivo primero no es hacer música, sino hacer dinero. La música es un camino, como podría ser invertir en bolsa. Hay, en general, una urgencia por llegar lejos y lo más rápido posible, y ese impacto masivo –que antes conllevaba más tiempo y esfuerzo, primero te forjabas una carrera y el éxito llegaba, y con él la vida lujosa– ahora se puede conseguir más rápido y sin necesidad de dominar un oficio o tener un talento especial. Es más útil saberle sacar partido a los stories de Instagram que tener conocimientos de armonía o producción –que normalmente ya hará otro por ti–. Eso ha hecho que se borre en gran medida el espacio intermedio que hay entre los artistas y el público al que aspiran a llegar, y los medios de comunicación, salvo algunos en concreto, no son importantes para lograr su objetivo, y que cuando está alcanzado ya no necesitan más, sólo como un trámite para mantenerse. De todas maneras, las carreras hoy son mucho más frágiles que antes, el tiempo de atención del público más breve y la competencia más numerosa y feroz. Así que a mucha gente el karma les saldrá a devolver.

No me puedo ir sin referirme a ‘Loops’ y una espinita que tengo clavada desde que lo leí. ¿Por qué no te parecen interesantes Underworld?

Underworld me parecen interesantísimos, y acudo con regularidad al single ‘Rez’ y al álbum ‘Dubnobasswithmyheadman’. Los vi en 1996 en el Doctor Music Festival, cuando aún estaba Darren Emerson, y fue uno de los mejores directos de techno de estadio que he visto, junto con el de Orbital en el Sónar del 95. Ahora mismo no recuerdo qué se decía de ellos y qué espacio tenían en el libro –creo que estaban en uno de los capítulos de Juan Manuel Freire–, pero estoy seguro de que nunca se les ha dado la categoría de «no interesantes». Sí que es cierto que hay muchos nombres que requerirían más espacio, pero esto es tan aplicable a Stockhausen como a Daft Punk. El primer Loops tuvo que resumir un periodo de tiempo muy largo y una gran densidad de información en un volumen que puede parecer generoso en páginas, pero que planteó muchas limitaciones.

Me quedo más tranquila. Por último, ¿me das tres artistas electrónicos en activo a quien seguir?

Me ha gustado mucho el nuevo álbum de Vladislav Delay, la última novedad que escuché antes del confinamiento. Me interesa también el trabajo que está haciendo Kaitlyn Aurelia Smith en el ámbito del ambient. Y luego tengo una especial fascinación por Will Long (alias Celer), un músico americano que enviudó en circunstancias bastante tristes y se fue a vivir a Japón. Publica varios discos al año, todos de notas sostenidas (drones), pero con destellos de belleza que me dan una profunda sensación de protección. Muchos de sus discos sólo se encuentran en Japón (y en Spotify), y uno de los últimos, ‘Xiè Xiè’ –inspirado por el paisaje bladerunneriano de Shanghái–, fue una de las escuchas más plácidas del pasado otoño.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

Autor: Gideon Schwartz
Editorial: Phaidon
Formato: Tapa dura. En inglés.
Tamaño: 270 x 205 mm.
Páginas: 272
Ilustraciones: 300
ISBN: 9780714878089
Todas las imágenes mostradas en este artículo son cortesía de Phaidon

El título ya hace augurar grandes placeres a los fetichistas de los condensadores, las válvulas, los potenciómetros, las cajas de subgraves… ‘Hi-Fi: The History of High-End Audio Design’, firmado por el megaexperto Gideon Schwartz [fundador de la neoyorquina Audioarts y un auténtico activista de la alta fidelidad] y editado en gran formato por Phaidon, es una perla en la era de las baratijas, esta en la que solemos conformarnos para escuchar música con el sonido que sale del móvil, del ordenador o del cutrealtavoz portátil que nos regalaron por navidades.

El libro, de más de 250 páginas, es una pasada tanto desde el punto de vista informativo como desde el gráfico, y no se queda ni mucho menos en la descripción técnica de los equipos [desde el fonógrafo de Thomas Alva Edison hasta los amplis Emitter o los sofisticados altavoces Magico de Alon Wolf de la última década]. También es un recorrido por nuestra relación con la música durante el último siglo, con nuestra forma de apreciarla, disfrutarla y consumirla.

La miríada de imágenes que ilumina las páginas del libro es de otro mundo. O más bien, nos lleva a otro mundo. Ahí están todos los equipos pioneros y los que marcaron la diferencia década tras década, pero también el salón de la casa de Frank Sinatra en Palm Springs fotografiado en 1949, con su estupendo equipo de sonido al fondo; publicidades de los 50 como la del equipo estéreo Sony HP-188 bajo el eslogan “Stereo for the man who has nothing” que prometía ligar a pares de una forma nada sutil, gracias únicamente a tu estéreo; Willi Studer, padre de las míticas Revox, posando junto a una de sus máquinas…

Y del presente, ¿qué? En una de las páginas, al abordar el advenimiento del mp3, Schwartz tira de la predicción realizada en 1977 por el economista francés Jacques Attali, según el cual, en el futuro, “la tecnología podría llegar a diluir de igual manera la expresión musical y su materialización económica en el mercado”. Esos malísimos augurios, dice el autor de ‘Hi-Fi’, “se han hecho más que patentes en asuntos como el intercambio no autorizado de archivos, la piratería y los artistas no compensados por su trabajo”. Sin embargo, añade, el mp3 no ha acabado con la alta fidelidad, sino que durante los últimos años se ha producido un resurgir del interés por los sistemas de sonido analógicos, y empresas como 47 Labs han vivido una auténtica ascensión a los cielos del prestigio en lo que Schwartz denomina “el renacimiento analógico postdigital”. Queda esperanza pues.

Tal vez lo que nos falte, a fin de cuentas, sea un buen latigazo de sonido en alta fidelidad para recordar lo que hemos perdido sin querer queriendo. Preguntado por cuál es la reacción más común de los visitantes de su empresa, Audioarts, cuando escuchan por primera vez lo que se puede conseguir de una alta fidelidad adecuada, el autor de libro responde: “Etérea. Terapéutica. Si eres capaz de olvidarte del teléfono y del mundo actual obsesionado con el chateo, y entrar en el universo complejo y espiritual de Philip Glass, Max Richter o Sarah Vaughan, entonces podrás sintonizar con la premisa que hay detrás del audio de alta gama y su propósito esencial: perderte en la música”.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

Si hablamos de cine, no podemos hacerlo solo destacando elementos como pueden ser la dirección, el guion o el elenco. El cine es pura emoción; es sorpresa, miedo, alegría, tristeza… Y hay que destacar un componente fundamental en la producción de un film: su música.

La banda sonora puede influir en nuestros sentimientos y emociones. Ambientar la historia en determinados momentos, a través del tiempo o del espacio, o darle identidad a un personaje, sin olvidarnos de la importancia del silencio. Es una herramienta psicológica que enfatiza la imagen para abordar la sensibilidad del espectador. En definitiva, la banda sonora es el broche de oro en una producción cinematográfica. Es trabajo del compositor dar carácter, y es trabajo del compositor llevarla a cabo.

He bautizado esta playlist con el nombre de “Cinematic Emotion”, en la que he hecho una selección de las bandas sonoras más influyentes en el transcurso de mi vida hasta la fecha, ordenadas cronológicamente. En ella no solo encontraremos los temas principales de una banda sonora; escucharemos piezas que sirven a modo de prólogo, leitmotiv, clímax o epílogo. Emociones en forma de música.

Por Adrián Gázquez (Omega dB)

“Lo de los festivales en Instagram me suena horrible”

Escribe Javier Blánquez en su mítico libro ‘Loops’ al hablar de los 90 y respecto al colectivo No Future, donde brillaban entre otros nombres como los de Cristian Vogel y el de mi entrevistado, el escocés Dave Tarrida, que todo lo que se facturaba bajo esa marca implicaba “unas reglas siempre destructoras (…), masacrar la pista de baile con bombos que no respetan el cuatro por cuatro ni la salud del público, jugar con el hip hop y la frecuencias dañinas y pervertir los esquemas una y otra vez”.

Han pasado casi tres décadas desde entonces, y Dave Tarrida sigue pergeñando atronadores bombos y los sonidos sintéticos más ácidos de la paleta del techno. Hablamos con él mientras anda embarcado en el proyecto musical ‘Save Drec!’ (Drec), y tras la publicación de su último EP, ‘Tormentor’ (Riot Radio). En ambos deja patente que el tiempo habrá pasado lo que tú quieras, pero los beats y las frecuencias dañinas, no.

¿Volveremos a bailar, Dave?

(Jaja) Sí, creo que sí, es sólo cuestión de tiempo. Aunque puede que las cosas tarden en volver a ser como antes.


Tu último proyecto es ‘Save Drec!’, una serie de tracks que se distribuyen de manera totalmente gratuita con el objetivo confeso de “apoyar la escena musical electrónica”. ¿De qué va exactamente?

Drec es un sello nuevo del este de Alemania que publica un techno realmente bueno. Habíamos llegado al acuerdo de lanzar un vinilo con esos tracks en algún momento del próximo verano, pero cuando el coronavirus nos golpeó, decidimos sacar los temas gratis para obtener algo de relevancia para el sello. Puede que en algún momento salgan en vinilo. Ya veremos.

Eres superprolífico. ¿Cuántos tracks van a salir de tu estudio en lo que dure la crisis del coronavirus?

Tengo un montón de música nueva. La crisis ha estado bien en lo que respecta a al tiempo que pasas en el estudio. Pronto tendré un nuevo álbum, aunque no sé exactamente cuándo. Se llamará ‘Glasgow Kiss’ y lo publicará el sello berlinés Varvet Records. Tengo otro EP titulado ‘There Is No Plan B’ que saldrá más tarde, en Mindcut Records.

‘Tormentor’ se lanzó en marzo. Cinco temas que son otras tantas lecciones de techno demoledor. ¿De dónde salen esos beats? ¿De qué máquina esos kicks?

El disco lo ha publicado el sello escocés Riot Radio. Conozco al propietario desde principios de los 90. Me gusta trabajar con gente que conozco desde los ‘viejos tiempos’. Hay un sonido muy específico que le gusta para su sello, así que me llevó un tiempo recopilar los cinco tracks que se adaptaran a lo que él quería. Los beats salieron de algún sitio de mi cabeza, no estoy seguro exactamente de dónde (jajaja). La mayor parte se hicieron superponiendo diferentes kicks analógicos de mi Elektron Rytm

Tu sonido también se mantiene fiel a lo acid. ¿Lo ácido es la dosis de diversión que completa al techno?

Siempre me ha encantado el sonido ácido. Los 303 [se refiere a los sintetizadores Roland TB-303] han tenido un lugar central en el sonido techno desde muy al principio por algo. Sencillamente, hay algo especial que funciona perfectamente con ese sonido ácido. Para mí, nunca envejece.

¿Algún tema de techno te ha impresionado últimamente por su poderío?

Sí, claro. Siempre habrá productores innovadores tratando de romper los límites establecidos de cada momento. No me viene a la cabeza ahora ningún tema concreto, pero muy a menudo, cuando escucho música en un club, hay temas que me impresionan.

Graves asesinos, percusiones rompeparedes… ¿Se puede ir más allá en el sonido o hemos tocado techo en lo que respecta a la potencia de las bases de techno?

Difícil cuestión. Probablemente hemos ido tan lejos como es posible con lo que tenemos ahora. Pero es posible que novedades tecnológicas nos lleven más allá en un futuro.

¿El tema de techno más brutal que has escuchado nunca?

Cuando oí por primera vez ‘We Have Arrived’, de Mescalinum United [Planet Core Productions, 1990. Muchos lo consideran el primer track de hardcore techno de la historia], pensé que era la cosa más brutal que había escuchado nunca. Ahora no suena tan demencial…, pero cuando salió, ¡parecía que era de otro mundo!

No es lo que sucede ahora, cuando se le critica al techno su inmovilidad. ¿Tiene sentido esa crítica o está nuestra cultura demasiado preocupada por la novedad?

Es cierto que en la escena actual, todo lo que escuchas parece que ya lo has oído antes, así que es difícil destacar. Creo que el mayor problema es que gran parte de los productores sólo hacen copias de lo que creen que está de moda, en vez de hacer la música que realmente quieren hacer.

Creo que vives ahora en Viena. ¿Hay una escena interesante?

Pues no, no es la mejor escena techno que digamos. Los clubes están más orientados al sonido comercial que al underground.

¿Y como sitio para vivir? De hecho, ¿me lo recomiendas? Estoy empezando a pensar en abandonar este país si encuentro algún sitio más divertido que este.

Sí, es buen sitio para vivir, muy bonito, con mucha historia. Mi mujer es austríaca y está claro que es un lugar estupendo para que crezca nuestro hijo. Eso sí: mis años en España fueron algunos de los más especiales de mi vida. Creo que su calidad de vida es perfecta para mí. Considero volver algún día


¿Hay algo que eches de menos del pasado, o el pasado da asquete?

Sí, echo de menos un montón de cosas. Es difícil explicar cómo era todo cuando empezó en los 90. Uno de las mejores cosas era la sensación de estar implicado en algo nuevo de verdad, algo que nadie había hecho. Casi 30 años más tarde todo te suena como si ya lo hubieses oído antes. ¡Pero eso no hace que me guste menos!

¿Y qué me dices del futuro? Personalmente los festivales en Instagram me parecen una mierda, y si eso es el futuro…

Bueno, tendremos que esperar hasta que volvamos a una especie de normalidad postcoronavirus. En pocos años habremos olvidado lo que ha pasado estos meses. Lo de los festivales de Instagram me suena horrible, sí.

Dave, eres una leyenda. Y necesito preguntarte esto sí o sí: ¿serlo te proporciona alguna sensación especial? Lo digo porque yo, por ejemplo, sí que siento una sensación especial ahora que estoy entrevistando a una leyenda…

¡Ja, ja, ja! Yo no me veo a mí mismo como una leyenda… Es sólo que he estado metido en el techno durante muchísimo tiempo. Pero eso no me hace sentir especial, sólo es algo que hago porque me encanta.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

“El silencio es el nuevo idioma del desprecio”

Hoy publica su tercer disco bajo este nombre artístico ambiguo que significa “no” en ruso y ‘remache’ en alemán y que además lleva una exclamación al final, lo cual hace prácticamente imposible encontrarla en Spotify (si lo intentas, mejor búscala por el título de sus discos). Lo que no es nada ambiguo es el nombre del álbum (9 temas, 51 minutos), ‘Humillación’, que así de entrada no hace augurar precisamente una ‘happy party’. Hablamos con la productora tangerina sobre el disco, el ego que la parió y la rabia que atesora.

Has puesto tu ego a trabajar y le han salido ocho temas y una intro barroca. Debes tenerlo bien alimentado…

Jaja, se ve que sí. A un creador le pagas (si es que le pagas) para que su ego trabaje por ti. Si un tema musical te emociona es porque sientes que habla de ti, porque toca una tecla en tu interior, ¿no?

El disco es oscuro, melancólico a veces, otras se gasta una electrónica más agresiva.

Me propuse que cada tema evocara un estado de ánimo o un sentimiento. ‘Humillación’, por ejemplo, es un tema que empieza como un vals y acaba como… una taquicardia. Intentaba ponerle música a un sentimiento complejo.

Humillación es una palabra muy fuerte…

Hace poco estaba con unos amigos en un bar (qué tiempos) y hablábamos de eso. Decían que nunca se habían sentido humillados. Yo me alegré mucho por ellos. Pero yo sí la he vivido, más veces de las que quisiera.

¿Me puedes poner un ejemplo?

¿Nunca has tenido que callarte, incluso poner buena cara, mientras una persona te estaba machacando? ¿Nunca has sentido esa injusticia y una furia enorme interior que tienes que tragarte, disimular, porque te aterroriza el daño que te puede hacer esa persona que tiene algún tipo de poder sobre ti?

Lo pensaré. Hablemos del tema más desconcertante del disco: ‘Memoria’, una lista de la compra.

A veces, en las cosas más pequeñas están los mensajes más poderosos. El tema va sobre la pérdida de la memoria, un asunto que me produce pavor. Hasta fui al neurólogo hace un año. Me dijo que no tenía Alzheimer, sino un problema de atención.

¿Compraste las cuatro cosas de las que habla el tema: ajos, tofu, setas y brécol?

¡Sí! Y en cuanto llegué a casa empecé a hacer el tema, del que por cierto, también hay un vídeo.

En mi opinión, ‘el tema’ del disco es ‘Vértigo’…

Fue el primero que salió, cuando, sinceramente, creía que no iba a volver a hacer música. Me dio el impulso. También me dio la pauta del disco: quedarme con los sonidos más NIET!, con la rítmica y la atmósfera que considero más propias.

Tú haces, sobre todo, una especie de dark synth pop, aunque te salgas muchas veces de los límites convencionales… ¿Qué influencias -¿a que estabas esperando esta pregunta?- hay detrás de tu sonido?

Ni idea. Yo en realidad quería hacer hard techno cuando empecé, ha sido mi estilo de música predilecto durante años y años. Pero por lo que sea, no era mi camino. Además, no tengo muy claro que lo que escuchas te influya. Lo que escuchas te gusta. A veces intentas emularlo, pero normalmente fracasas en el intento.

¿Y ahora qué? Sacas el disco en plena ‘desescalada’ del coronavirus.

Suelo pasar por una fase de subidón seguida de una de honda decepción, luego le cuento a todo el mundo que voy a dejar la música para siempre, ellos no me creen y… vuelta a empezar. Una vez tuve un novio productor que decía que el problema de la música electrónica es que todos los que la escuchan hacen música electrónica. Lo que significa que el círculo es muy pequeño. Llegar a la gente que no hace música es muy complicado si no tienes medios suficientes. El otro día leí un reportaje muy interesante sobre cuánto costaba poner un disco de Rihanna en el mercado y convertirlo en un hit. Millones, claro. El día del lanzamiento, por ejemplo, es crítico saturar todos los canales (televisiones, radios, redes sociales, revistas…) para que no haya nadie que no se entere de que Rihanna ha sacado un disco y lo escuche. Justo lo que voy a hacer yo, vamos.

¿Tú eres fan de alguien?

Claro. De un montón de gente. Me chifla Apparat, me encanta Sevdaliza, siento debilidad por FKA Twigs (antes más, eso es cierto), hay cosas de Jon Hopkins que casi me hacen llorar, soy incondicional de Massive Attack y sigo a Perfume Genius, Nicolas Jaar, Thom Yorke, Nick Hakim, Sohn, Omega dB, Suuns, Yaeji, Two Feet…

¿El periodismo musical sirve hoy para algo?

Yo le debo mucho a algunos periodistas. Y no me refiero a la promoción. Me refiero a mi autoestima, a recibir un feedback de personas que escuchan música cada día y me transmiten que lo que hago merece la pena. Gracias a ellos, en gran medida, sigo haciendo música. Porque si llega a ser por otros que ni siquiera se dignan a escuchar lo que haces… La crítica negativa desapareció y en su lugar apareció el silencio, que hoy es el idioma del desprecio. Hay una cosa que no he logrado entender en todos estos años. En España, ¿cuántos lanzamientos de música electrónica hay al año? ¿Cien? ¿Doscientos? ¿En serio las revistas digitales ESPECIALIZADAS EN MÚSICA ELECTRÓNICA no tienen ‘espacio’ para dedicar unas líneas a todos los nuevos lanzamientos que salen de aquí, de este país? Estoy con lo que decía Cora Novoa el otro día en tu entrevista, el desprecio de este país por el talento propio es increíble…

Mmmmh, no sé, no sé… Igual si tú te haces famosísima te pones en plan borde y no concedes entrevistas. Ahora que está tan de moda ser un medio feminista y tal…

No lo veo, jaja. Hace unos años me enteré de que había un club en Madrid donde funcionaba un colectivo que se apellidaba ‘electronic music by women’. Les escribí, les mandé mi trabajo para que me tuvieran en cuenta y pasaron 15 días o más y no recibí respuesta. Así que decidí hacer un experimento. Como también soy periodista les escribí un email desde mi email periodístico con una sencilla pregunta: “Me gustaría saber si esta dirección vuestra sigue operativo”. ¿Sabes cuánto tardaron en responderme? Cinco minutos. Se dieron cuenta de mi primer mensaje y me dijeron que se les había traspapelado. La verdad es que a mí me dio mucha vergüenza ajena y no volví a ponerme en contacto.

Un poco rencorosa, ¿no?

Lo soy. Hay reivindicar el rencor. Y la venganza. Y el perdón. Y la pasión. Basta ya de este bienquedismo y este asqueroso silencio, por favor.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

“Los clubes y la prensa de aquí deberían aprender de los países del Este, donde se cuida y valora lo propio, y sus artistas tienen prioridad”

Hoy publica ‘The Hive’, su primera colaboración con Citizen Records, el sello de Vitalic. Lo hace en el inédito escenario impuesto por el coronavirus, pero convencida de que ha tomado la mejor decisión. En esta entrevista Cora Novoa habla de las circunstancias que han rodeado el lanzamiento del disco, de la incierta escena española del clubbing y de lo terroríficamente sexy que –sí–, sigue siendo el techno.

Nadie podía imaginar hace dos meses que en abril íbamos a estar viviendo esta situación anómala. Y en medio de todo esto se publica tu nuevo EP, ‘The Hive’, tu primero en el sello de Vitalic, Citizen Records. ¿Qué sensaciones te produce esta ‘irregularidad’?

De repente nos encontramos con algo totalmente nuevo. Nos hizo replantearnos el lanzamiento, la forma de comunicar…, todo. Si esto lo extrapolo a mi carrera artística… Intento pensar en el hoy, no en el mañana. Ahora tengo mucho trabajo, de estudio evidentemente, estoy con la cabeza entretenida. Vamos a ver dentro de unos meses, porque para nuestro sector, el de la música en directo, va a ser duro.

¿Dónde estabas cuando se produjo el estallido?

Con un pie fuera de casa y a tres horas de coger un avión hacia París. Pero afortunadamente no lo hice, porque podría haberme quedado atrapada allí. En ese momento en Francia aún se celebraban eventos. Me pilló además en un mes de marzo lleno de fechas cerradas. Lo último que pude hacer fue en Kafe Antzokia, en Bilbao, el 6 de marzo. Después se empezó a cancelar todo.

¿En ningún momento hablasteis de posponer el lanzamiento del EP? 

Sí, nos lo planteamos. Yo era bastante reacia a sacarlo en plena crisis, porque… no podía imaginar entonces la magnitud que iba a adquirir el tema del Covid. Pero al final los argumentos para dejarlo donde estaba fueron muy sólidos. Al final, retrasar un release, un disco que no es físico sino digital, supone enfrentarte a que cuando se levante la veda se produzca una avalancha de lanzamientos… Corríamos el riesgo de diluir nuestro propio lanzamiento en esa marea. Fuimos valientes, seguimos adelante y no me arrepiento. Es verdad que la situación también afecta a la promoción, porque hay muchos medios de comunicación con ERTES, o reconvirtiéndose, pero al final estamos haciendo muchas cosas, experimentando mucho con el lanzamiento. Estoy contenta porque está teniendo cabida y repercusión, y expectante por ver qué pasa.

Una pregunta que flota en el ambiente (virtual) de los aficionados al clubbing estos días es: ¿volveremos a bailar en clubes?

Totalmente. Vamos a volver, pero… va a tardar. Y cuando se abra la veda no va a ser todo y más, sino paulatinamente y con muchas restricciones. Hasta que no aprendamos a convivir con el virus y a repensar todo como sociedad. Los españoles, además, somos muy cercanos, calurosos… Yo soy de dar abrazos (más que besos), me gusta el contacto físico, algo que ahora vamos a tener que replantearnos. En cuanto a los clubes, creo que tardarán, pero que cuando se abran tirarán mucho de talentos locales y nacionales, porque las giras internacionales no van a estar en activo, eso es impensable, y tampoco va a haber eventos multitudinarios. Por eso se tirará mucho, creo, de talento de aquí.

Es un runrún constante en redes: que esta crisis puede ser una oportunidad para los productores y djs españoles, que normalmente lo tienen muy difícil para acceder al circuito… de aquí, paradójicamente.

A mí lo que me gustaría es que esto sirviera para replantearnos las cosas como industria nacional, porque muchas veces nos morimos por lo extranjero y no valoramos lo que tenemos. Cuando hablo de este tema siempre digo que deberíamos aprender a la escena de clubbing de países del Este, donde se respeta tanto a los artistas nacionales que son ellos los que cierran los festivales. Donde se cuida y valora lo propio, porque se sienten muy orgullosos de ello, porque forma parte de su identidad. Quieren señalar a sus artistas en el mapa apoyándolos. Dándoles su espacio. Creo que muchos festivales y medios de comunicación españoles deberían aprender de esto y ahora con el Covid, puede ser buen momento… pero, por favor, que no seamos los artistas nacionales solo el parche. Que cuando volvamos a la normalidad no nos den la patada, que ése es un poco el miedo que tengo.    

Frente a tanto bajón, bailar en casa tampoco está tan mal… ¿Habrá evento online, ahora que están tan de moda, para dar a conocer el disco?

De momento no tenemos pensado hacerlo, lo que sí haré hoy viernes es un live en Instagram con preguntas del público y hablaré del EP, cómo lo produje…

Vamos al disco (que ya me vale…): ‘The Hive’ es un tema techno hasta las trancas, duro, con regusto industrial y alta acidez. ¿Qué tiene tu sonido de hoy que no tuviera hace cinco años?

Pues el sonido que tiene ‘The Hive’ es el que siempre quise tener. Me ha costado años conseguirlo y me siento superorgullosa. ¿Sabes cuando estás trabajando en algo y dices “Dios” –no sé, a mí me pasa– y ves que hay detrás un largo recorrido y sientes que has llegado? Pues eso. ‘The Hive’ me hace sentir muy feliz. Siempre he escuchado mucha música electro, música ochentera, techno… Y esta oscuridad se refleja en la paleta sonora que estoy usando ahora. Sobre todo conozco las herramientas y trabajo mucho más los sonidos. Me paro, escucho (“vale, este bombo lo perfilo, lo pulo… Todo bien, todo en su sitio…”).  Ahora invierto mucho tiempo en el diseño de sonido, pero para mí se traduce en calidad sonora, y me compensa.

¿Cómo apareció en tu vida Citizen Records? Y (necesito preguntar esto, me muero de curiosidad): ¿es majo Vitalic?

Fue gracioso. Con Citizen Records me puso en contacto Peggy, mi booker, de la agencia francesa Dif Production. Un día me dice: “Oye, te voy a poner en contacto con Elise [Nicolas, Label Manager de Citizen Records y Assistant de Vitalic]”. Debían de haber coincidido en algún festival y saldría mi nombre. Así que nada, contactamos y me dijeron que estaban muy interesados en ficharme, no solo para un EP, sino para tenerme como artista en Citizen. Yo encantada, claro, porque soy superfan de Vitalic y del sello, quedamos en que les enviaría material, estuve trabajando en música, la envié, y les encantó tanto a Pascal como a Elise. Así que seguimos adelante. Con Pascal he intercambiado algunos emails, pero todo lo que es el trabajo, la estrategia, lo he hecho con su equipo. Y la verdad es que… a él no he podido conocerlo personalmente, porque íbamos a encontrarnos hace tres semanas, él venía a tocar con Kompromat, su banda –que por cierto te la recomiendo muy mucho–, y pensábamos cenar y tomarnos unas copillas, pero… se nos cayó la reunión por el Covid. Eso sí, hasta donde lo conozco, puedo decir que sí, es muy majo, jajaja.  

Otro tema recurrente en los foros es el estancamiento de la música electrónica, aunque eso es mucho decir, porque es difícil considerar la electrónica como un solo género… En cualquier caso, desde tu visión, ¿qué opinas de ese feeling?

¿Hay cierto estancamiento? Sí y no. Por una parte me pregunto qué va a pasar con esos cachés de 50.000 euros u 80.000 euros… Por otra parte hay una escena muy interesante, sellos y artistas como Nuxxe, Shy Girls, Cobrah… Y esa gente está ahí y lo va a seguir estando después del coronavirus, gente muy nueva que está materializando una nueva visión de la música electrónica. En esta crisis van a ‘morir’ muchas figuras. Pero yo creo que si haces buena música, das caña en las redes y sobrevives a esto, te harás más fuerte. Hay que darle una vuelta a todo (intento ser positiva, porque si no, me da algo).

¿Qué te interesa de la electrónica que se está haciendo hoy?

Hay gente que está haciendo cosas increíbles, entre ellos Sega Bodega, del colectivo-sello Nuxxe. Tuve la suerte de estar en el estudio con él, y flipé. Pertenece a esa nueva generación con una nueva visión a la que pertenece Arca… Arca es un tío que ha reventado las costuras de la electrónica, de la performance en escena, y me encanta, la verdad es que más por la parte performática que por su música. Hay otra chica que acabo de descubrir, no tiene ni 2.000 seguidores en Soundcloud, se llama Cobrah (óyela, vas a flipar). También me gusta un chico de techno que se llama KRTM.  

Es muy dudoso que este verano pueda recuperarse para los festivales. Supongo que eso va a afectar bastante a tus planes de trabajo… Están los organizadores manteniendo contacto con los artistas?

El topic ahora es el silencio y la incertidumbre. Yo no hablo directamente con los promotores, es mi agencia la que lo hace, pero lo que hay al final es silencio. Personalmente no creo que hasta el año que viene se vaya a reactivar el mundo del clubbing, y en todo caso lo harán las salas pequeñas. Yo vivo del directo, así que… lo llevo como lo llevo. Pero soy versátil. Trabajo con algunas marcas, doy master classes, hago workshops… Por eso estoy más tranquila.

Vuelvo al techno, a tu disco, que me he ido por los cerros. ¿Por qué ‘The Hive’ y ‘Hey’? ¿Qué hizo que estos dos temas encajaran entre ellos para formar un EP?

Me gustaban como quedaban juntos, usando la misma paleta de colores, el resultado era muy diferente. ‘The Hive’ representa más la esencia de club, un tema más de las cuatro de la mañana, muy contundente, sucio. En cambio ‘Hey’ es un poquito más experimental, más roto, más de break, me encajaba y equilibraba bien con el otro. He usado los mínimos elementos y ecualizado con los mismos criterios y colores.

Y por último. Aunque parezca viejuna con esta pregunta (y es que lo soy, joder): por mucho que el trap y el reguetón hablen de sexo todo el rato y que si el perreo y blablablá, a mí el techno me sigue pareciendo la música más hot del universo en 2020. ¿Estoy enferma?

Yo oigo música de todo tipo, me encanta la música urbana, antes de hacer techno hacía instrumentales de rap, es como empecé. Entonces descubrí el electro, me enamoré y me metí de lleno. Pero un Berghain, un Panorama Bar, estos clubes oscuros… Yo viví la época del Coppelia en Madrid, el clásico club de techo bajo, con las paredes sudando… Sí, al final creo que el techno es una de las músicas más hot (si lo quieres llamar así), que existen. Así que no, no eres viejuna. Ni estás enferma, jajaja.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

El otro día, pasando el plumero por los libros, me di cuenta de que mi ex se había llevado –no te lo pierdas, hace siete años- un libro mío, ‘Historia del DJ. Desde los orígenes al garaje’ (Robinbook) al irse de casa. Y me supo a cuerno el descubrimiento, si soy honesta. Porque entiendo que se llevase ‘Electroshock’, de Laurent Garnier, ya que se lo había regalado yo unas navidades, pero… ¡‘Historia del DJ’ formaba parte de mi vida, de mi capital cultural, de mi estantería!

Joder con los hombres. Y, hey, no estoy sacando una conclusión apresurada por un caso aislado, no (por cierto, también se llevó la maquinilla del pelo QUE ME HABÍA REGALADO ÉL). Es que es la segunda vez que me pasaba esto en mi vida. La primera desapareció algo así como el 80% de la biblioteca. También es cierto que los libros eran suyos. ¡Pero joderme me jodió igual!

En fin, el descubrimiento de que Mr. X se había llevado ‘Historia del DJ’ me hizo pensar en el enorme apego que le tengo a mi biblioteca musical. Tener vinilos mola, pero los libros de música son otra cosa, son como una síntesis entre carnet del Club de los Listos y bragas de Cicciolina (si eres fetichista de las bragas, claro). Moraleja: no prestes nunca un libro de tu enciclopedia musical (por cierto, amigo fulanito, que sepas que no me pasa inadvertido que aún no me has devuelto ‘Der Klang der Familie. Berlín, el techno y la caída del muro’, de Felix Denk y Sven von Thülen (ed. Alpha Decay), van ya para tres años)… Una, como fan de un estilo, necesita sentirse además parte de un club, ese sentimiento de pertenencia que da sentido a la existencia (y por extensión al gusto musical). Y entonces es cuando llega ‘Loops’ y le pone una tirita al problema.

Menudo aficionado a la música electrónica eres si no tienes ‘Loops. Una historia de la música electrónica’ (ed. Reservoir Books), coordinado por Javier Blánquez y Omar Morera. Es como vivir en Madrid en los 80 y no tener carnet de Rockola. Si hasta Ángel Molina dice en la contraportada que es “un libro esencial para entender la música que escuchamos”. Yo tengo la quinta edición, de 2009, en un único volumen de tapas blandas, 560 páginas. El caso es que el libro dejó de reimprimirse y se agotó. Y tiempo después llegaron a pagarse 500 pavos por él, de segunda mano. Había dejado de ser un libro para convertirse en unas bragas de Cicciolina intervenidas por Jeff Koons en el mercado del fetichismo de lujo.

El caso es que el libro se reeditó hace unos años actualizado, ampliado, en dos volúmenes (que también tengo, faltaría más) en bonitas tapas duras, azules unas, rojas las otras. Tengo mis diferencias con el criterio de Blánquez en varias cosas –por ejemplo, el poco interés mostrado en el libro por uno de mis grupos favoritos, Underworld– pero, vale, se lo perdono por todo lo que da en cambio: la consciencia de que la electrónica que tanto te gusta tiene los tentáculos mucho más largos de lo que creías. Le da una sólida genealogía al género, pone orden en su mito de la creación, establece su cronología, sus hitos clave, sus apóstoles, sus santos… Que sí, hace la biblia de la música electrónica.

Mi biblioteca musical es como un jardín de crecimiento lento, con pocas especies nuevas al año, pero ¡qué incorporaciones! Sobre el mito fundacional, ‘Techno Rebels. Los renegados del funk electrónico’, de Dan Sicko (Alpha Decay). El título de su prólogo ya lo dice todo: ‘Techno. Historia sagrada’. El porqué, el cómo y el quiénes en el Detroit que se reinventó musicalmente en los 90. También siento mucho aprecio por mi ejemplar de ‘Música de mierda’ de Carl Wilson (ed. Blackie Books) que va sobre un asunto tan fascinante como el gusto musical. ¿Quién dice qué es buen y mal gusto? ¿Por qué la crítica tal como la conocíamos ha desaparecido? ¿Por qué todo el mundo odia a Céline Dion? No te lo pienso prestar, por mucho que me lo pidas. Como tampoco pienso soltar ‘Cómo dejamos de pagar por la música’, de Stephen Witt (ed. Contra). Entre otras cosas, porque aún no me lo he acabado. Witt te cuenta de una manera novelada (excesivamente, diría yo) cómo se fraguó nuestra realidad musical actual, desde el nacimiento del ‘infame’ formato mp3 hasta Napster y eMule (¡qué entrañable!) pasando por cómo se las ingeniaban en las multinacionales discográficas para sacar música de extranjis y planchar CDs en los primeros años del milenio. Parece apasionante. ¿Que por qué no me lo he acabado aún? Ni idea. Tampoco me terminé ‘Historia del DJ’ y mira.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

“El español es un idioma que suena”

La Chica cover image

¿Se enamoran los críticos musicales? Los humanos sí, los tontucios no. El único valor que tiene quien se dedica a la crítica musical es el de no ser un bienqueda, y eso incluye sacar pecho con los amores y con los odios [querido: quien clona una nota de prensa no es un crítico musical, es una caca de vaca].

Dicho lo cual: amo a La Chica. Ella no lo sabe, pero yo la amo, que diría Rocío Jurado. Si no la has escuchado aún (mal por ti), te cuento que es francesa y venezolana, que hace una música electrónica delicadísima y original, que no se corta un pelo a la hora de encajar las sílabas del español en sus melodías y que se llama de nombre verdadero Sophie Fustec.

Por casualidad (¿creemos en la casualidad?) cayó en mis oídos poco tiernos ‘Sueños’, luego ‘Oasis’, después el álbum completo, ‘Cambio’, facturado en 2019. Y ahora acaba de publicar un single, ‘El camino’, acompañado de un encantador vídeo de animación que me ha dado una excusa perfecta para entrarle. Porque La Chica no hace reguetón, ni trap, ni pop, ni rock, ni es cantautora, ni hace canción protesta… [suspiro quedo]. La Chica, ¡ay!, hace una electrónica limpia, sobria, de detalle, progresista, tiene una voz honesta y es capaz de meter su corazón venezolano en ese envoltorio de sonidos digitales europeos sin que salten las costuras del traje, más bien ‘perfect fit’. Me gusta tanto tanto que le hago unas preguntas. Y ella, dulcemente, responde esto:

  • ¿Qué te llevó a París, si se puede saber?

Nací en París de madre venezolana y padre francés. Luego viví entre París y Mérida, Venezuela toda mi vida. Últimamente he pasado mucho tiempo en México, que es para mí una sublime tierra de adopción, ya que Venezuela está en llamas .

  • En ‘Sueños’ cantas: “Los sueños no son como antes cuando era, niña paseando con mil ideas”. ¿Con qué sueñas, exactamente?

Sueño mucho, soy sonámbula y ¡sueño mucho despierta también! Trato de traducir en música el ambiente de ciertos sueños que dejan un impacto fuerte en mi vida…

  • Tu música es un mix de electrónica muy depurada, limpia, sin ampulosidades y elementos de la música tradicional latina. ¿Cómo llegas hasta ahí?

Me encanta la música electrónica, pero quiero echarle sonidos más orgánicos (piano, samples de percusiones…) para que quede más caluroso. 

  • Haces electrónica y cantas en español (aunque no siempre). Desde el punto de vista de la propia rítmica del idioma (sin entrar en elementos culturales) es todo un reto…

Sí. ¡Quiero que los sonidos suenen! Y el español es un idioma que suena. Una lengua que me permite usar imágenes, metáforas y expresar las ideas abstractas que tengo en mente de una manera más poética. Además, sueño mucho en español y me inspiro mucho en mis sueños a la hora de componer.

  • El tratamiento de la voz es muy personal, muy bonito. ¿Eres cantante antes que productora o al revés? ¿O una no existiría sin la otra?

Empecé primero por la producción. Porque es un terreno de juego increíble para todo el resto. ¡Ahora la producción me inspira para cantar y cantar me da ideas de producción! 

  • ¿Qué preparas ahora? ¿Más cambios en tu vida y tu música, tal vez?

Acabo de atravesar un periodo de transición muy intenso y largo. Estuve un año y medio sin hogar. Acabo de instalarme, voy a poder componer de nuevo, ¡por fin! A ver qué sale de esta experiencia. 

  • ¿Produces toda tu música? ¿Del primer al último sonido?

¡Sí! ¡Lo disfruto mucho! Pero me encanta compartir con gente, y produje ciertas canciones (Sola, Drink…) con otros productores como EOS Records o Julien Sabourin.

  •  ¿Qué te interesa además de la música? ¿Dónde te encontraremos en París?

Me encanta el arte. Me encanta bailar. Me encanta observar a la gente. Me siento en la terraza de un café y veo la gente pasar, me imagino a dónde van, qué hacen… Me encanta caminar, dejarme llevar y perderme en las calles de París. 

  • ¿La música te sigue haciendo feliz? ¿No te ha decepcionado?

La música está en mi vida desde que nací y la amo por siempre. La música me llena, me hace vibrar, me hace sentir viva. Lo que podría ser decepcionante es la industria de la música y todo lo que rodea al arte de una forma poco sana.

  • ¿Y el público? ¿Alguna vez has sentido la frustración de que no llegas lo suficientemente lejos con tu música?

Amo a esa gente que se desplaza, que sale a escuchar música, que se emociona, es muy importante para mí porque quiero generar emociones e intercambiar. Sé que la música sana, salva a veces, y hasta ahora he recibido mucho amor de parte del público, donde sea. 

  • Un año después del lanzamiento de ‘Cambio’, ¿cuál es el tema del disco que te gusta más?

Todos, ¡jaja!  Pero ‘Addict’ tiene algo especial.

  • Si en un set de dj mezclo tu tema ‘Oasis’ con uno de Sevdaliza, te parecería bien?

¡¡Me parecería increíble!! Ella me gusta muchísimo.

Me derrito.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi

Grace Jones curará la edición del próximo año del Festival Meltdown, que tendrá lugar en el Southbank Centre de Londres del 12 al 21 de junio de 2020.

«Me siento honrada de ser la comisaria del festival Meltdown del próximo año. Año tras año, el festival continúa extendiendo sus alas coloridas, lo que permite a sus comisarios reunir una variedad de talentos diversos que no se ven en ningún otro lugar. Además, cariño, ya era hora que me pidieran curar Meltdown, ¿no te parece?»

Siguiendo los pasos de sus predecesores Yoko Ono, M.I.A., David Byrne y, más recientemente, Nile Rodgers, Grace Jones creará un programa único de artistas seleccionados a mano por un icono universal como es ella.

La cita de 2020 del Meltdown marcará el regreso al festival para la diva, que en 2007 compartió cartel con Nick Cave, Shane MacGowan, Pete Doherty y Jarvis Cocker para cantar temas de Disney, formando parte de la selección artística del propio Jarvis Cocker, comisario de esa edición.

Los primeros actos se anunciarán a principios del próximo año. Para obtener más información sobre el evento, visita la sitio web de Southbank Centre. Los miembros recibirán reservas prioritarias para todos los eventos de Southbank, incluido Meltdown.

Fotografía: Joséphine Michel
Música: Mika Vainio
Texto: Jeremy Millar
Dirección de arte: Jon Wozencroft
Formato: libro de 100 páginas más un cd (no disponible como descarga digital)
Fecha de lanzamiento: 1 de noviembre de 2019
Masterizado por: Russell Haswell
Publicado por: Touch Music / Fairwood Music UK Ltd.
Grabado en directo en el festival ContraPop, Ramsgate (Reino Unido) el 21 de agosto de 2016
Disponible en Bandcamp aquí.

Tracklist

  • Mika Vainio – Live at Contra Pop, Ramsgate 57:27

The Heat Equation es un libro de 100 páginas más un cd que muestra nuevo trabajo fotográfico de Joséphine Michel junto a una grabación en vivo de la actuación final de Mika Vainio en ContraPop Festival (Reino Unido), con todo el material nuevo que iba a ser publicado en un CD en solitario para el sello Touch.

Después de su colaboración anterior en Halfway to White (Touch # FOLIO 001, 2015), Michel y Vainio habían planeado una segunda producción, y en marzo de 2017, Michel visitó a Vainio en Oslo para mostrarle los primeros ejemplos de las fotografías que había estado tomando para este propósito. Incluido en el libro, como una postal, está el tierno retrato de Mika Vainio que Michel le hizo en esa reunión.

Poco antes de la prematura muerte de Mika en abril de 2017, el proyecto dio un giro inesperado. Las grabaciones para el nuevo álbum de Touch estaban a punto de finalizar, pero su secuenciador se rompió y el proyecto necesitaba reiniciarse. La colaboración se convirtió en una exploración complementaria entre las fotografías casi científicas y líricas de Michel, la percepción de un mundo al borde del descubrimiento, ya sea nacido de la física, la medicina o los viajes espaciales, y el legado de la visión musical de Vainio, con su vasto imaginario de la materia, y su tensión entre el calor y la precisión helada.

Las fotografías y la música interactúan a través de una variedad de ambientes, donde el microcosmos y el macrocosmos, lo animado y lo inanimado, lo telúrico y lo cósmico coexisten. Y, a veces, se fusionan.

En agosto de 2016, Vainio realizó un set absolutamente deslumbrante en el festival bianual Contra Pop en Ramsgate (Reino Unido) que se grabó para el siguiente CD recopilatorio anual del festival. Sin embargo, no fue hasta junio de 2018 que los organizadores del festival se pusieron en contacto con Touch para presentarles la idea de una compilación. En ese momento, casi milagrosamente, todo encajó. El contrapunto de Vainio al trabajo de Michel se materializó en la forma de esta grabación en vivo del festival. Masterizada por Russell Haswell, la nueva música de Mika Vainio tiene el mismo sonido como todo lo que publicó en vida.

The Heat Equation está encuadernado en una cubierta de lino con aluminio y la fotografía de Michel está impresa en Seda Ártica de 200 gr. Se lanza únicamente una edición de 750 copias, acompañada de un texto introductorio del artista Jeremy Millar, «The Devouring Drop». La dirección de arte es de Jon Wozencroft y el proyecto es la última referencia en la nueva serie de «ear books» de Touch.

Preview

Carta abierta a Ernesto Castro, autor de «El Trap. Filosofía millennial para la crisis en España» Ed. Errata Naturae.

Querido Ernesto,

Vaya por delante que no me gusta el trap. No me gustaba antes de que cayera en mis manos tu libro y sigue sin gustarme ahora, pese a mis ímprobos (o eso considero yo) esfuerzos por abrazarlo, los tímpanos al asunto en Spotify mientras avanzaba en la lectura. Pero el caso es que, nada más ver la portada y leer el título, me sentí en deuda. Con el trap. Y conmigo, venga, vale. La vida pasa, nos vamos haciendo viejos (decía Pablo Milanés, al que en mi adolescencia llamábamos cariñosamente Pablo Amuermamé) y de repente un buen día una se siente desahuciada. Exilada de la órbita de la vida. Sin saber de qué va el asunto. Así que igual, si entiendo qué es el trap, resucito. O recupero el buen color al menos.

Ya el prólogo me resultó supersexi, porque me llenó de confusión y, donde hay confusión, hay alegría: “La mayoría de los músicos españoles que parece hacer trap (¿C Tangana?, ¿Bad Gyal?, ¿Rosalía?, ¿Pimp Flaco?) en verdad no hace trap sino algo vagamente denominado ‘música urbana’”. Al pasar la página, el regocijo se me vino aún más arriba con lo que parecía ser una declaración de intenciones inversa: “Lamentablemente, a esto ha quedado reducida buena parte de la prensa musical de este país: a un ‘name dropping’ endogámico en el que es más importante conocer el nombre del hermano del primo del manager del grupo de moda que tener una tesis o hipótesis que defender acerca de la música de la que se habla”. Bien. Eso significa que tú no piensas hacer lo mismo. Nada de ‘name dropping’, nada de genealogías en plan ‘Mabinogion’ (ya sabes: “Kreiddylat, hija de Lludd Llaw Ereint, esposa de Gwythyr, hijo de Gridiawl…“).

Y es entonces cuando metes espuelas a tu tesis, la que alimenta las siguientes 400 páginas del libro editado por Errata Naturae: “El trap ha sido la banda sonora de la crisis en España (una crisis que ha sido principalmente económica, pero también social, cultural y generacional (…). El trap ha sido la TVE de los jóvenes empobrecidos y precarizados a finales de 2010”. Después de esto, ¿cómo no te voy a querer? No por la tesis en concreto, que a estas alturas del libro sólo te ha dado tiempo de enunciarla, sino porque me produce ternura que vayas a meter tus garritas filosóficas en un barro donde prácticamente nadie había visto antes más que… barro (aunque sea un barro estupendo, ¿eh? Esto es como cuando Rosalía se asombraba del ‘sobreanálisis’ que le hizo de ‘El mal querer’ el youtuber Jaime Altozano. El que observa suele ver mucho más en la creación que el propio creador). Y entonces llego a las líneas donde explicas que has reconstruido la trayectoria musical de C. Tangana “partiendo de un esquema teológico: el de la historia de las religiones” y ahí ya solo me queda una cosa por hacer:

Ernesto Castro, ¿te quieres casar conmigo?

¡Y solo vamos por la página 16.!

No me gusta el trap, como no me gusta la rumba ni el jazz, pero me encanta el libro que has escrito sobre el trap, vivificante como un peeling japonés. Por tu exuberante pluma y tu exhibicionismo erudito, tan dolorosamente escaso. Y también por lo en serio que pareces tomártelo todo, y las herramientas que me das para atender a algo más allá de cómo rime “tu coño es mi droga, tengo baking soda / Vamo’ a cocinar to’ eso mama, vamo’ a hacer dollar / Me tiene jukiao como pajarico / Me tiene engancha’o como paco pico…” (‘Tu Coño Es Mi Droga’, PXXR GVNG).

Desde lo escurridiza que al parecer resulta la descripción de los límites del estilo, hasta el concepto de dignidad en C. Tangana, el libro avanza por la senda trapera con ese estilo tan típicamente yanqui de hacer divulgación gozosa de hasta el tema más ladrillo: una tesis por aquí, una digresión culta por allá, una anécdota para rebajar la tensión, un diálogo, una nota al pie sesuda… sale Barthes y sale Broncano, vamos. A veces, eso sí, te pones un poco presumidín, como cuando escribes que en tus clases de Historia del Arte has acuñado el concepto de “ley de la obsolescencia artística” según la cual “los productos artesanales, tecnológicos o de entretenimiento se convierten en artísticos en el momento en que devienen obsoletos”. A estas alturas, lo que tú digas, Ernesto.

Toneladas de documentación salen por los poros del volumen, a veces, reconócelo, en plan gota fría, en una sucesión de eventos narrativos que te llevan de un lado a otro de la historia y el tiempo, de los géneros o de las disciplinas académicas. Como cuando estás hablando de Nathy Peluso y de repente aparece Britney Spears en boca de alguien y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, nos dices que “yo quisiera romper una lanza a favor de Britney Spears, ya que fue justamente lo prefabricada que estaba su imagen lo que volvió tan elocuente y revelador acerca del mundo en que vivimos el momento en que se derrumbó a base de raparse el pelo al cero, liarse a paraguazos con un periodista y provocar uno de los primeros memes de la web 2.0 (Leave Britney Alone)» . Postrap, vaporwave, flamencamp, retrofolk, fusiones, secesiones, apropiacionismos, pero también la Duquesa de Alba, el piernicidio de Jiménez Losantos, la memoria histórica, el feminismo, los arquetipos, la política y todos los nombres, claro, todos los actores importantes de esta historia, desde Cecilio G a Yung Beef, lo que dijeron en las entrevistas que dieron, las letras que escribieron y las broncas que los separaron.

Y llegas al final del libro y me sales con que “yo ya he reconocido que no me he drogado ni he follado escuchando trap. Un lector poco caritativo podría llegar a la conclusión de que escucho trap justamente porque ni me drogo ni follo y busco una compensación o una evasión de mi gris existencia. Yo, por supuesto, no comparto este tipo de teorías psicoanalíticas, porque, como se ha visto a lo largo de este outro soy más lacaniano que freudiano”. Te gustas. Está claro.

Pero a mí también. Así que no hay nada más que hablar.

Por Yiyi Jolie
@JolieYiyi